Ciudad Suicida 1 (Adelanto de Fotofobia)

Ciudad Suicida

-Relatos de Pop Horror-

 

I

 

 

Una mosca zumba al costado de la cama, sobre una fruta podrida que nunca comí.

El vapor se levanta del suelo y espesa el aire que ocupa violentamente mis pulmones. No es que aprendí a esperar, solté el peso de mi cuerpo y le pido clemencia a la gravedad, en este eterno mientras tanto…

 

Mientras tanto…

Me visitan ideas que no puedo ahuyentar

como a esa mosca, igualmente sucias y pegajosas,

ideas de fiebre, hirvientes y aladas.

Pensamientos que vuelan en círculos sobre mi cuerpo inmóvil

y se alimentan de lo regurgitado.

 

Mientras tanto en el murmuro incesante de la mosca oigo más allá del tiempo, el alivio de un nuevo viaje aparece: estoy volviendo a casa desde escuela, al mediodía. Escucho el ruido fuerte y rítmico de baldosas rugosas que hacen balancear mi mochila, y ahora la vereda de baldosas lisas, un susurro constante, y por encima, las bocinas, los pájaros, la voz de mi mamá.

Intento recordar mi voz pero no, tengo un recuerdo de una voz que me inventé, hablar sería afirmar mi existencia, sería estar acá. Enmudecer fue el primer intento de huir, de convertirme en nada.

Me acuna el recuerdo, puedo dejar de oír lo que pienso y transportarme en el tiempo, recordar para olvidar el presente, recordar para espantar el dolor.

Sé que me llamo Luna y que la luna también es algo que se ve en el cielo, a la noche, aunque yo no puedo verme ni verla. Sé que estamos.

 

Acá no hay espejos,

las paredes viejas se han descascarado y ahí busco formas que hagan dibujos

para distraerme cuando mi mente no me deja ir

No hay espejos,

todo es hermético sin espejos

No hay espejos

y todo se termina en la pared

No hay espejos

Cierro los ojos y con mis manos recorro mi cara para verme

No hay espejos, en este fin del mundo

Hay una cama rechinante de sabanas manchadas y un fétido olor a vida queriéndose apagar.

 

Me voy, sumergiéndome en el zumbido de esa mosca que hoy es mi compañera y mi salvadora. Solo quiero sentir las baldosas bajo mi mochila, oler la fábrica de alfajores, sentir la tibieza de la mano de mi madre que me agarra para cruzar.

 

Creo que pasó un tiempo largo, porque estoy sangrando de nuevo, sangro cada tanto, como ese gato herido que apareció llorando en la puerta de casa. Lo abracé y curé, mi mamá me dejó criarlo y aprendí a hacerlo dormir en mis brazos, mucho más divertido que cuidar un bebé de plástico, después fue mi amigo y me acompañó, pero un día así como vino se fue, de repente. Salíamos todas las noches a buscarlo hasta pasó un tiempo y mi mamá lo creyó muerto. Ahora yo sangro como ese gato, pero nadie me cura, ni me cuida, y quizás ya se cansaron de buscarme.

 

Ya entraron tres hombres, así que me vendrán a lavar, a cambiar la túnica y a cortarme las uñas. Ya no me levanto sola. Hay cosas en mi cuerpo que cambiaron mucho, me sorprendieron pero se tratan de crecer, como me explicaba mi mamá. Entonces las entendí, pero creo que algunos cambios se tratan de morir, o por lo menos eso espero.

 

Primero perdí los dientes. Me sacaron los dientes porque cuando me atacaban, mordía. De ahí mi boca sabe a sangre.

Me prohibieron matarme cuando supe que era mi única salida. Supe que esa era mi libertad, amé esa libertad y creo que sonreí un segundo. Dejé de comer, pero me forzaron a comer con el castigo de los hombres. Después me golpeé la cabeza fuerte contra la pared, varias veces hasta desmayarme. Ahora si oyen algún ruido, entran. El hecho de que alimentarme me prolongue la vida lo hace más abominable que los hombres.

No logro medir el tiempo,

No tengo espejos,

no tengo ventanas,

Solo entran y salen hombres

Las paredes se hacen cada vez más chicas

Si a mi cuerpo en vez de pelos le crecieran alas…

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